He pasado las últimas semanas hablándoles desde la piel de Lonchbox, diseccionando protocolos de pago, mapas de castas digitales y cinturones de castidad feudales. Pero hoy, para cerrar este ciclo de enero, quiero quitarme la máscara. No soy un gurú, y mucho menos un anti-gurú. Soy, simplemente, Pancho; alguien que ha tenido la inmensa suerte —o la curiosidad obsesiva— de vivir en primera línea los cambios de piel de la tecnología durante los últimos treinta años.
Cuando miro hacia atrás, veo una cronología que parece ficción. Empecé cuando el diseño en 3D era una promesa pesada y la suite de Adobe empezaba a devorar los tableros de dibujo. Viví la estandarización del PDF como si fuera el descubrimiento de la imprenta y pasé horas entre el ruido de impresoras digitales y el olor del vinilo recién ploteado. Hubo un tiempo en el que mis manos estaban llenas de polvo de arena por el sandblasting, o cortadas por el vidrio mientras creaba vitrales, intentando que la belleza física sobreviviera a la precisión del corte láser. Diseñé en aquellas viejas Mac G3, máquinas que hoy parecen juguetes pero que entonces eran portales a otro mundo.
Luego llegó Internet y el término «Webmaster» se convirtió en mi etiqueta. Aposté por los CMS cuando nadie daba un duro por ellos, defendiendo WordPress frente a sistemas cerrados que hoy son arqueología digital. Vi nacer a Twitter y Facebook; vi cómo llegaban redes que prometían cambiar el mundo para luego desvanecerse en el olvido, y cómo otras se quedaban para devorar nuestro tiempo. Viví los inicios balbuceantes del eCommerce y el nacimiento del streaming cuando el video aún se pixelaba con solo mirarlo.
Recuerdo la llegada del iPhone y del iPad. Mi hijo, que entonces era un niño, lo llamaba el «Apiad». Ese nombre, «Apiad», hoy me suena casi premonitorio: una petición de piedad ante una pantalla que venía a absorberlo todo. Me metí hasta el fondo en la tecnología de pagos con Comercia Global Payments, viví la fiebre loca del Blockchain (que se quedó estancada en la especulación cuando debería haber estado en la utilidad) y me reí de aquellos primeros chatbots inútiles que no sabían ni dar la hora. He visto cómo las grandes compañías tecnológicas consolidaban un poder casi divino, cómo la gig economy convertía las ciudades en tableros de juego y, finalmente, cómo la Inteligencia Artificial ha venido a reventar el tablero.
Una reflexión crítica: El espejo de la IA
Tengo que ser honesto y crítico conmigo mismo: toda esta serie de posts que han leído en enero la he escrito mano a mano con la IA. He usado a Gemini y sus «Gems» para ahorrarme cientos de horas de investigación, redacción y edición. He generado imágenes que antes me habrían llevado días de diseño en apenas segundos, en ese caso con la IA de WordPress.com. Y aquí reside la paradoja de mi propia reflexión: uso la herramienta que critico para advertirles sobre ella.
¿Me hace esto un hipócrita? Quizás. Pero prefiero verlo como una forma de supervivencia consciente. He decidido apostar por el ecosistema de Google Workspace porque he entendido que ya no se trata de «Internet» como un ente abstracto, sino del ecosistema en el que decides apoyarte para proyectar tu soberanía. La IA es el nuevo motor, pero yo sigo siendo el piloto que decide hacia dónde se dirige el vehículo.
Entramos en una era donde la técnica es tan potente que puede hacernos creer que ya no somos necesarios. Pero después de haber pasado por el láser, el sandblasting, el código y el fintech, he llegado a una conclusión simple: la tecnología es un multiplicador de la intención, pero nunca una fuente de propósito.
El Manifiesto Native: La última frontera
Este viaje por la tecnología me ha enseñado que cada avance trae consigo una nueva forma de servidumbre. El lujo hoy ya no es tener el último iPhone o el agente de IA más rápido. El lujo es el silencio. El lujo es la capacidad de ser ilegible para el panóptico que yo mismo ayudé a construir durante tres décadas.
Ser un Native en 2026 significa recuperar el contexto moral. Significa usar el «Boring Phone» cuando la dopamina algorítmica intenta secuestrar tu atención. Significa valorar el efectivo porque es la única transacción que no le rinde cuentas a un señor feudal en la nube. Significa usar la IA para procesar la complejidad del mundo, pero negarse en rotundo a que la IA procese quién eres tú, qué sientes o en qué decides creer.
He visto cómo la tecnología pasaba de ser una herramienta de creación (el corte láser, el diseño 3D) a ser una herramienta de extracción (la economía de la atención). Y mi declaración de guerra es esta: la desconexión es la última frontera de nuestra soberanía. Si no eres capaz de apagar el interruptor, no eres un usuario; eres un componente más del hardware del sistema.
El veredicto de Pancho
No busco ser tu guía, porque yo también estoy aprendiendo a caminar en este Splinternet fragmentado. Pero sí quiero invitarte a que mires tu ecosistema con ojos críticos. No te dejes deslumbrar por el brillo de la nueva herramienta sin antes preguntarte qué pedazo de tu autonomía estás entregando a cambio de su conveniencia.
He tenido la suerte de vivir todos estos cambios laborales, de mancharme las manos con ácido y de limpiar pixeles en una pantalla de tubo. Esa experiencia me dice que lo único que sobrevive al ruido es el filtrado radical y la sabiduría de saber cuándo retirarse. La IA nos ahorra horas, pero esas horas solo tienen valor si las usamos para recuperar nuestra humanidad, no para consumir más basura digital.
Usa la tecnología para liberarte de la mediocridad operativa, pero guarda tu esencia bajo llave. Sé el fantasma que la máquina no puede capturar. Sé un soberano de tu tiempo, de tus pagos y de tu silencio.
Esta serie termina aquí, pero el viaje apenas comienza. Lonchbox va a evolucionar, y os va a encantar. Estén atentos, porque el futuro no se trata de lo que la IA puede hacer por nosotros, sino de lo que nosotros vamos a decidir hacer a pesar de ella.
Nos vemos en la frontera.
Referencias de la resistencia:


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