Durante décadas, nos vendieron una narrativa higiénica, casi litúrgica: el periodismo era el «cuarto poder», ese noble guardián de la verdad encargado de azotar a la corrupción y vigilar a los poderosos desde una atalaya moral inexpugnable. Era una bonita historia, un cuento de hadas para la clase media ilustrada que necesitaba creer en la estabilidad de las instituciones. Pero hoy, si te atreves a rascar un poco la superficie brillante de las interfaces de usuario que dominan tu vida —desde las redacciones acristaladas de Madrid hasta los sets de televisión saturados de color en Buenos Aires, Quito o Miami—, descubrirás que esa máscara no solo ha caído; se ha podrido.
Lo que queda debajo no es un servicio público, sino una maquinaria industrial oxidada por la dopamina barata y lubricada con odio algorítmico. Bienvenidos a la era del Hate for Profit. El periodismo moderno, en su desesperada huida de la irrelevancia económica, ha mutado genéticamente. Ya no busca informar; busca rentabilizar tu ira. El periodista se ha convertido en un Emprendedor del Conflicto, un gestor de tráfico que opera bajo las leyes implacables de la Modernidad Líquida descrita por Zygmunt Bauman, donde la estabilidad se percibe como un pasivo tóxico y el caos como el único activo financiero con liquidez real.
«La incertidumbre es el hábitat natural de la vida humana, aunque la esperanza de escapar de ella sea el motor de las actividades humanas.» — Zygmunt Bauman
Este no es un lamento nostálgico por los «viejos medios». Es una autopsia de la estructura de poder que te mantiene enganchado. Ya no importa si te etiquetas de izquierda o de derecha, si cubres política internacional o te escondes en el nicho «aséptico» de la ciencia. El mal es estructural. El periodista ya no sirve a la verdad, sirve al algoritmo de su propia audiencia.
La Hidráulica del Deseo: Mimesis y la Rentabilidad del Odio
Para entender por qué el odio es el activo más líquido en el mercado actual, debemos abandonar la idea ingenua de que consumimos noticias para «saber qué pasa». En la economía de la atención, consumimos noticias para validar nuestra identidad y, lo que es más crítico, para identificar y señalar a nuestros enemigos. El periodismo ha dejado de ser un servicio para convertirse en una vertical de negocio basada en la gestión eficiente de la violencia tribal.
El Bucle de la Mimesis: Por qué deseamos lo que otros desean
El mecanismo es perverso, adictivo y, sobre todo, invisible si no sabes dónde mirar. Es lo que llamamos Captura de Audiencia: para mantener el flujo de clics, el periodista debe radicalizarse para satisfacer los sesgos de su tribu. Si el público pide sangre, el «informador» afila el cuchillo.
Aquí es donde entra la fontanería filosófica de René Girard. Su es el plano arquitectónico del infierno digital en el que vivimos. Girard nos enseñó que el deseo no es autónomo; deseamos lo que otros desean (Deseo Mimético). En las redes sociales, este mecanismo se acelera hasta el paroxismo. Las plataformas actúan como «aceleradores miméticos» que eliminan las barreras físicas, colocándonos en una competencia constante y brutal con nuestros modelos.
«El hombre es una criatura que no sabe qué desear, y se vuelve hacia los demás para decidirse. Deseamos lo que otros desean porque imitamos sus deseos.» — René Girard
Esto crea un Triángulo del Deseo ineludible: Tú (el sujeto), el Influencer/Periodista (el modelo) y el Estatus/Razón (el objeto). Cuando todos deseamos lo mismo —atención, viralidad, superioridad moral—, la diferenciación colapsa y surge la Rivalidad Mimética. Nos convertimos en obstáculos los unos para los otros. La plataforma se transforma en un coliseo romano globalizado donde la única forma de resolver la tensión insoportable de «todos contra todos» es el Mecanismo del Chivo Expiatorio.
La «cancelación» no es justicia social; es un ritual de sacrificio arcaico digitalizado. Al expulsar o destruir al chivo expiatorio, la comunidad experimenta una catarsis temporal, una inyección de dopamina colectiva que reafirma su cohesión. Peter Thiel, uno de los primeros inversores de Facebook y alumno de Girard, entendió esto perfectamente: vio en las redes sociales no una herramienta de conexión, sino un motor de mimesis capaz de canalizar (y monetizar) la violencia humana. Facebook es, en esencia, una máquina de chivos expiatorios automatizada que extrae renta de nuestros impulsos sacrificiales.
La Geografía del Conflicto: Donde el Odio paga las facturas
No importa el país; el guion es el mismo, solo cambian los actores. Los Emprendedores del Conflicto —término popularizado por para describir a quienes explotan la discordia por lucro— han industrializado este proceso.
En Argentina, «La Grieta» no es una metáfora política; es un modelo de negocio con un ROI (Retorno de Inversión) calculado. Estudios muestran cómo en provincias como Chubut, candidatos y «pseudo-medios» como Noticias que importan gastaron millones de pesos en publicidad de Facebook diseñada específicamente para exacerbar la división. La polarización no es un accidente; es una inversión. Los algoritmos filtran noticias basándose en afinidades (Macri vs. Kirchner), generando una «falta total de exposición» a la realidad del otro bando. La incertidumbre del votante se «resuelve» con dosis masivas de desinformación que llenan los vacíos con certezas emocionales fabricadas.
En España, vivimos el auge del «Periodismo de Trinchera«. Como señala, exdirector de El Mundo, este periodismo es «el más fácil y el más rentable». Tiene una audiencia asegurada que no busca información, sino munición. La suscripción a un medio digital ya no es un pago por noticias; es una cuota de militancia, una donación a la causa en un ambiente de guerracivilismo digital donde la polarización afectiva es el principal motor de retención.
En Ecuador, el miedo es la mercancía más barata y abundante. Medios nativos digitales como La Posta han ejemplificado la transición a un modelo de negocio basado en la influencia y el espectáculo, a veces borrando peligrosamente las líneas éticas. La revelación de chats que vinculaban a uno de sus fundadores con el narcotraficante Leandro Norero en el Caso Metástasis expuso la «fontanería sucia» del periodismo de influencia: el periodista no solo reporta el conflicto, sino que interactúa con los actores armados. Mientras tanto, la crisis de seguridad ha revitalizado la «crónica roja» y el clickbait violento, culminando en el ataque armado a TC Televisión transmitido en vivo, un espectáculo de terror que convirtió el trauma nacional en picos de rating y monetización del miedo.
En el Latin USA, la identidad misma es el campo de batalla. El término «Latinx», promovido desde la academia y el marketing corporativo, choca con la realidad de una población hispana que en su mayoría lo rechaza. Medios como Americano Media intentaron capitalizar el descontento conservador creando un «Fox News en español», financiado por el capital que busca explotar el resentimiento contra el «socialismo» y la «ideología de género». Aunque Americano Media colapsó financieramente, el intento demuestra que la identidad es un activo financiero más en la cartera de los inversores políticos.
Sicariato Mediático y Lawfare: El Periodista como Operador Político
Pero el papel del Emprendedor del Conflicto va más allá de vender clics. En su versión más siniestra, se convierte en un engranaje clave del Lawfare (guerra jurídica). Aquí, el periodista no es un observador; es un operador necesario para la aniquilación política del adversario.
El Lawfare no funciona sin su pata mediática. Para que un juez pueda procesar arbitrariamente a un líder político sin pruebas sólidas, primero necesita que la opinión pública lo haya condenado. Necesita el «Sicariato Mediático». El periodista crea el clima de culpabilidad, filtra expedientes (reales o fabricados) que le pasan los servicios de inteligencia, y normaliza la excepción jurídica.
«El lawfare es el uso de la ley como un arma de guerra para destruir al adversario político… El objetivo no es la justicia, sino la eliminación del enemigo del campo de batalla electoral.» — fuente
En este ecosistema, la reputación tradicional ha muerto. El periodista con título y fuentes es un vestigio analógico compitiendo en una refinería digital. Aquí reside la mayor humillación: un post anónimo con un glitch informativo o una teoría de la conspiración mal editada tiene más peso de verdad que un reportaje de investigación de seis meses.
¿Por qué? Porque, como argumenta Hito Steyerl en su defensa de la Imagen Pobre, la mala calidad se ha convertido en el sello de autenticidad. La imagen 4K corporativa es sospechosa; huele a manipulación, a IA, a agenda corporativa. El video pixelado, movido, con audio saturado (raw footage), se percibe como «real». Es la estética de la filtración, del testigo ocular, de la cámara de seguridad hackeada.
El Glitch es el momento en que la máquina falla y revela su estructura técnica oculta. Rompe la ilusión de perfección. Por eso, marcas y creadores ahora adoptan intencionalmente una estética Lo-Fi para simular esa autenticidad y generar confianza. Es la gentrificación del error.
Conclusión: Hackear el Vector o ser Procesado
Si eres periodista y esto te ofende, es porque sabes que eres parte del bucle. Estás atrapado en una estructura que te obliga a ser un traficante de dopamina para no morir de hambre. Eres un siervo en la refinería de datos, generando crudo (odio) para que los dueños de la infraestructura (las plataformas, los «Procesadores») extraigan la renta.
Pero la verdad es que el sistema ya te ha sustituido. Un agente de IA puede generar mil noticias de «odio» por segundo con un coste marginal de cero. Tu indignación artesanal no puede competir con la indignación industrial automatizada.
La Desconexión Táctica es la única forma de recuperar la soberanía mental. El individuo soberano no lee las noticias para saber «qué pasa»; las observa como quien mira un virus en un microscopio, para entender cómo intentan manipularlo. El futuro no pertenece a quien tiene la primicia, sino a quien decide ser ilegible para el algoritmo del conflicto.
Fuentes:
* Amanda Ripley: High Conflict
* Teoría Mimética de René Girard


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